Cuando el embarazo casi te mata: el drama de Kate Middleton y otras mujeres

Thembi Johnson recuerda lo último que comió cuando estaba embarazada de su hija en 2011. Estaba de seis semanas y salió a comer pizza. No se encontraba del todo bien, pero se comió un par de porciones. Al día siguiente, cambió todo. Vomitaba todo lo que comía. Cualquier olor le provocaba náuseas.

Thembi fue al médico y le diagnosticaron hiperémesis gravídica, una condición que produce vómitos, náuseas, pérdida de peso y deshidratación durante el embarazo. Presentaba todos esos síntomas. Dos semanas después de que se la diagnosticaran, la hospitalizaron por deshidratación severa. Poco después, volvió al hospital, y esta vez se quedó ingresada casi un mes. Thembi acabó necesitando un enfermero en casa que le pusiera suero intravenoso y tenía que llevar puesta una vía para que le suministraran medicación antináuseas. Estuvo sin consumir comida de verdad más de un mes.

“Me acuerdo de un día en el que volvía de comprar y estaba tan débil que solo pude llegar hasta la puerta. Me arrastré hasta el baño y me quedé allí tumbada —después de un ataque de arcadas—, con la cara apoyada en el suelo de baldosas”, recuerda. “Dos horas después, mi marido me encontró de esa guisa. La puerta de la casa estaba abierta de par en par. La puerta del coche también. Vio que me sobresalían los pies de la puerta y pensó que estaba muerta”.

La hiperémesis gravídica vuelve a ser tema de conversación desde que se anunció que la duquesa Catalina de Cambridge está embarazada de su tercer hijo, que vuelve a padecer esta dolencia, que ha tenido que cancelar apariciones en público y se ha perdida el primer día de colegio de su hijo. Aunque Kate ha hecho más que cualquier persona anónima para dar visibilidad a la hiperémesis gravídica, son muchos los que menosprecian el diagnóstico y piensan que se trata de una excusa. “¿Por qué se ha montado este follón por unas simples náuseas matutinas?”, escribía en un comentario un lector de The Daily Mail. Sin darse cuenta, los medios le han restado mucha seriedad a la hiperémesis gravídica limitándose a describirla como “náuseas matutinas severas”.

La gente cree que todo el mundo lo exagera, pero en esta situación no hace falta exagerar. Es tan mala como te puedas imaginar.
Pero, como dejan claros los testimonios de madres como Thembi Johnson, describir la hiperémesis gravídica como una versión más intensa de las náuseas y los vómitos que padecen la mayoría de las mujeres embarazadas no solo es despectivo, sino que también es potencialmente peligroso. Y eso puede significar que muchas futuras madres acaben sufriendo solas.

“Dan ganas de gritarle a la gente: ‘¡No es lo mismo”, reivindica Thembi. La gente cree que todo el mundo lo exagera, pero en esta situación no hace falta exagerar. Es tan mala como te puedas imaginar”.

No son náuseas matutinas

Poco después de que se anunciara el embarazo de la duquesa de Cambridge, el HuffPost Reino Unido compartió en su página de Facebook una publicación en la que se animaba a las mujeres a contar sus experiencias con la hiperémesis gravídica. En 24 horas, llegaron más de 100 correos electrónicos. Estas mujeres se autodenominan “supervivientes de la hiperémesis gravídica”, describen su lucha contra el adelgazamiento extremo y cuentan que vomitaban más de 20 veces al día. Muchos de los correos tenían algo en común: el malestar matutino y la hiperémesis gravídica no son lo mismo.

Las náuseas matutinas —que afectan a aproximadamente el 70% de las embarazadas durante el tercer trimestre— pueden ser molestas, pero, por lo general, no son tan perjudiciales para la madre ni para el bebé y tienden a desaparecer. En cambio, la hiperémesis gravídica representa un riesgo para la madre y para el feto.

Pensaba que nos íbamos a morir, pero estaba tan deshidratada que no podía ni llorar… Vomité con tanta fuerza que me di un golpe con el retrete en la cabeza.
“Es uno de los sentimientos más difíciles de describir”, escribe por correo una madre que estuvo ingresada en el hospital 14 veces durante la primera mitad del embarazo. “Me quedo corta si digo que sientes como si te fueras a morir en cualquier momento. Te cambia la vida: estás tan cansada que te duelen los músculos, tan deshidratada que te duele la cabeza constantemente, tan acostumbrada a vomitar que sabes cuándo va a pasar con minutos de antelación”. “De verdad que pensaba que nos íbamos a morir, pero estaba tan deshidratada que no podía ni llorar… Vomité con tanta fuerza que me di un golpe con el retrete en la cabeza y me desmayé”, relata otra mujer que perdió su trabajo y padeció trastorno de estrés postraumático.

Carla Rose tiene 30 años, es madre soltera de dos gemelas de un año y medio y, según cuenta al HuffPost, estaba obligada a ir al hospital dos o tres veces a la semana para que le pusieran suero intravenoso. Durante el primer trimestre del embarazo, vomitaba más de 20 veces al día. Para el segundo trimestre, se tomó una medicación que reducía los vómitos a cinco o seis episodios al día, pero nunca llegó a dejar de vomitar regularmente. Cuando estaba de 25 semanas, tuvo que guardar reposo absoluto y dejar su trabajo de profesora después de desmayarse en clase. Estaba tan débil que a veces tenía que ir en silla de ruedas.

“Lo único en lo que puedes pensar es en lo mal que te encuentras”, explica Rose. “Hacía mi vida en el suelo del baño porque no podía parar de vomitar. Me puse verde, literalmente. La gente me decía: ‘Tienes la piel de color verde”. “Mis hijas son preciosas y están sanas”, añade. “Pero casi me comen viva”.

Lee el reportaje completo de Catherine Pearson en el Huffington Post 

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